Hace tiempo que siento la tentación de escribir algún comentario acerca de la crisis económica actual y sobre las medidas que los distintos y sucesivos gobiernos nos imponen para tratar de salir de ella, pero no me siento con autoridad suficiente. He leído a Krugman, escuchado a Abadía, he visionado Inside Job de Charles Ferguson, he desempolvado a Friedman y releido a Keynes, ¡cómo han olvidado a Keynes!; he leído la prensa, tratados de historia, blogs y Webs. Cada vez lo tengo más claro. Por eso me quedo con Maquiavelo, adjunto un extracto de El Príncipe, capítulo XXV, Influencia de la Fortuna y modo de contrarrestarla:

No se me oculta que muchos tenían y tienen la opinión de que las cosas del mundo están gobernadas de tal modo por la fortuna y por Dios que la prudencia de los hombres no puede corregir su curso ni hallar remedio alguno. Por tal razón podrían estimar que no vale la pena fatigarse mucho sino abandonarse al azar. Semejante opinión ha encontrado más eco en nuestra época a causa de las grandes transformaciones observadas todos los días al margen de cualquier conjetura humana. Yo mismo pensando de vez en cuando acerca de ello me inclino en cierto modo hacia esta opinión. No obstante para que nuestra libre voluntad no quede anulada, juzgo posible que la fortuna sea el árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero la otra mitad, o casi, nos es dejada a nuestro control. Yo la comparo con uno de esos ríos torrenciales que cuando se embravecen, inundan los campos, derriban árboles y edificios, (…) todos huyen ante él, todos ceden a su ímpetu sin ofrecer resistencia. Y a pesar de ser esa y no otra su naturaleza los hombres, cuando los tiempos están tranquilos, pueden tomar las precauciones oportunas (…) de manera que cuando sobrevengan ulteriores crecidas o bien discurrirá por un canal o su ímpetu no será tan incontenible.