Esto no es nuevo, pero estamos asistiendo a una deriva que desde el punto de vista individual me parece sumamente peligrosa, además, lo hacemos de manera impasible. Me refiero al manejo de nuestros datos por las grandes (y no tan grandes) corporaciones: el big data

Leí, hace unos días con estupor, que no sorpresa, las últimas técnicas bancarias para anticiparse a los futuros impagos de sus clientes. Vaya por delante que me parece totalmente legítimo que toda empresa mire por sus intereses, el de sus clientes y el de sus accionistas, hasta ahí nada que objetar, pero lo verdaderamente espeluznante es la manera que tienen de llegar a esos datos. Vayamos por partes:

El artículo

Se trata de un artículo aparecido en Cinco Días el 19 de enero del presente y firmado por Miguel Moreno Mendieta cuyo título: El banco te puede denegar un crédito por un “me gusta” en Facebook. Con ese poco sugerente título, pero muy convincente, seguro que nadie en su sano juicio dejará de leer ese artículo, os dejo el link: https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/01/19/midinero/1516372807_964005.html?por=mosaico

Un resumen

Las entidades financieras rastrean nuestros movimientos por Internet para crear un perfil que les pueda anticipar si somos potenciales morosos. ¿Os acordáis de Minority Report?, no es que sea seguidor del bueno de Thomas, -aunque ya lo he mencionado alguna vez en otra entrada de esta Web, tendré que hacérmelo ver-, pero ¿no os parece que nos acercamos a eso?, en la película detenían a futuros asesinos, aquí dejamos fuera del sistema financiero a futuros o potenciales morosos. Pero no es eso lo verdaderamente importante.

Nada es gratis en Internet

En la red, todo el mundo debería saberlo, nada es gratis, o pagamos con dinero o lo hacemos con datos. Y no hablamos de las fotos que subimos en Instagam, nuestra maravillosa vida de Facebook, nuestra incontinencia verbal (sin hablar) en Twiter, o la profunda frase que ufanamente colocamos cada día en Linkedin. No, se trata de que cada movimiento que hacemos en Internet queda registrado. Y, de nuevo, no hablamos de que, cuando en Facebook subes la foto de la sabrosa tapa que te estás tomando en Cádiz con nosequién, una luz se enciende en el ordenador de un amigo de lo ajeno y cuando vuelves a casa, emulando a Juanes, porque nada valgo, porque nada tengo. No, cada búsqueda, cada consulta, cada visionado quedan registrados, ya sea calzado, alimentación, viajes, lectura…, todo baladí, pero ojo si el calzado es ortopédico, si los alimentos son dietéticos, si viajas a determinados sitios, si lees algo especial…

Desamparo

¿A manos de quién puede llegar esta información?, ¿de qué manera puede afectarnos en el futuro todo el rastro que dejamos de manera incontrolada? Nuestro rastro de migas de pan es gigantesco. Hoy, mientras escribo esto, he visto decenas de veces anuncios de una conocida tienda de ropa (nada barata) para adolescentes en mi navegación por la red, y sólo porque alguien entró en la página de esa tienda para ver no sé muy bien el qué, ¡y no fui yo!

Big Brother is watching you

¿Puede, este panorama, empeorar aún más?

Añadámosle al big data el Internet de las cosas, mi frigorífico hará las compras por mí, mi coche conducirá por mí, mis zapatillas registrarán en la nube cuánto he corrido hoy, mi cepillo de dientes le pedirá cita al dentista (https://www.muyinteresante.es/curiosidades/preguntas-respuestas/ique-es-el-qinternet-de-las-cosasq), para 2020 entre 22.000 y 55.000 millones de aparatos se conectarán con la Web ofreciendo jugosa información acerca de nosotros. ¿Y si alguien puede llegar a manipular estos aparatos?

Que nadie me malinterprete, habrá cosas muy interesantes que el Internet de las cosas hará por nosotros, como conservación del patrimonio, monitorización de especies amenazadas, búsqueda de aparcamientos -por qué no-, apagar o encender nuestros electrodomésticos desde el móvil, movilidad en las grandes ciudades y un largo etc., pero no dejo de ver algo siniestro en todo este control, en todo este conocimiento si cae en manos poco adecuadas. Y caerá: si algo puede salir mal, entonces saldrá mal. Bendito Murphy, cuánto nos has ayudado a entender.

Para nuestra felicidad

En el fondo todo se hace para facilitarnos la vida, para que no nos falte de nada -aunque no nos haga falta-, para que antes de saber que lo necesitamos lo tengamos, para que las empresas sean más eficientes, para que el tráfico sea más fluido, para que tengamos mejor salud, para casi todo… En Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, uno de los personajes decía la siguiente frase: uno cree las cosas porque ha sido acondicionado para creerlas, bueno siempre nos quedará el soma -es que acabo de releerlo después de unos treinta años, por todo esto…-

El valor de la ignorancia

El principio de orquestación, uno de los once desarrollado por el nazi Goebbels para su maquinaria de propaganda, expone que la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.

Ea, seamos, pues, felices.

Y eso es lo que están haciendo con nosotros, convencernos de que toda la información que ofrecemos y que es usada, con o sin nuestro conocimiento, lo es para mejorar nuestras vidas. En principio, la premisa es válida, pero ¿cuál será el uso real? Miedo me da viendo los jerarcas que ahora imperan en los dos grandes dominios de la guerra fría, uno de verdad frío, el otro demasiado caliente.

En fin, el big data puede, por supuesto, ayudarnos a crear un mundo mejor, pero, también, nos puede llevar a caer en una gran y universal dictadura, y lo mejor de todo es que, si esto último llega, no nos daremos cuenta.

Ya está, no he podido evitarlo.